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Hoy quiero dar un salto enorme desde uno de los sectores más modernos, como es el de la tecnología, que me permite escribir y que mis palabras vuelen bien lejos, hasta uno de los más antiguos y que nos han acompañado tanto tiempo: la agricultura.

Por suerte provengo de una familia de agricultores de un pueblo de huelva y conozco de primera mano de qué hablo. Hablo de tener unos padres que han trabajado desde pequeños, de pocas oportunidades para estudiar; hablo de un futuro de trabajo en la agricultura, de heredar algo de campo y dedicarse enteramente a ello; hablo de ilusión y de esfuerzo, de levantarse mucho antes que el sol, de frío, hielo, lluvia y calor en una misma jornada; hablo de desesperanza, duro trabajo, poca recompensa, dolor en las manos y en el corazón. Hablo de poder regar la tierra tan sólo con las lágrimas de la desilusión.

Aunque todo esto lo han vivido mis padres y los padres de muchos, y otras tantas generaciones, a mí no me ha sido ajeno. También he sufrido (y sufro) por ello, también me sobrecogieron la desesperanza y la tristeza y también he trabajado de pequeño “porque hace falta“, como siempre dice mi padre. Y no hablo de pobreza, pasar hambre… no, para nada llego a tanto. Hablo de luchar mucho para conseguir eso. De una lucha diaria y constante y agotadora y tan poco valorada.

No verás al agricultor quejarse de ser pobre, sino de que sus frutos no son valorados, no vale el trabajo realizado, no se aprecia. Son olvidados, agricultores dejados de lado por los intereses; a veces considerados erróneamente inferiores y paletos (todos somos torpes e inteligentes, según el tema); tratados como niños cuando no queremos que nos molesten, a los que se les da un caramelito, que no alimenta, creyendo que así estarán contentos. Caramelitos que son subvenciones y que no solucionan ningún problema.

En casa había (y hay) que echar una mano, de modo que mientras mis amigos salían con la bici los sábados, yo cogía aceitunas, cargaba cajas de fresas, trabajaba la viña o cavaba con el azadón, trabajos de los cuales me enorgullezco enormemente.

Y recuerdo con mucho cariño algunos momentos realmente duros, como aquella vendimia, trabajando bajo la lluvia, helados de frío, cuando paramos para desayunar resguardándonos bajo un olivo, de pie, pues ni podíamos sentarnos. O aquel día preparando la tierra, cavando de sol a sol, con apenas algunos descansos para comer; tuve que tomar una pastilla para los dolores musculares, con lo poco que me gustan las pastillas. O aquella fría madrugada de domingo, cuando en el camino pasamos por la algarabía que se agolpaba y festejaba a las puertas de uno de los bares con más carácter y que más me gustan de mi pueblo. Todos esos momentos los guardo y siempre serán parte de mi. Y si bien en aquellos momentos se sufría (más aun sabiendo el gran valor que poseen, y el poco que se les da), ahora me enorgullezco y me alegro de haberlos podido vivir. Siempre los cuento para dar a conocer esta experiencia, y me apena que otros no hayan tenido la oportunidad de vivirlos.

Por todo eso que ahora soy, a mis padres les doy las gracias. Pero aunque tenía ganas desde hace tiempo de escribir algo al respecto en favor no sólo de agricultores, sino del sector primario en general, todo esto que escribo ha sido motivado por el comentario de un oyente que llamó a la radio el pasado viernes para realizar sus reivindicaciones al respecto.

Dicho oyente se quejaba de la poca información que se da en torno a lo que ocurre realmente en el campo, no en lo que se refiere a información para agricultores, sino información para la sociedad. Ponía, por ejemplo, el poco carácter mediático que está teniendo una huelga para el próximo viernes día 20 de Noviembre y que culminará en una gran movilización en madrid al día siguiente, sábado 21. Sí, todos vemos las noticias de agricultores con sus tractores movilizándose por el centro de nuestras ciudades, y siempre nos cuentan que reivindican mejores precios y condiciones y tal y cual, pero pocas veces se llega al meollo de la cuestión y en casi todas las ocasiones todo esto se olvida cuando se retiran los tractores. Sólo aparecen las movilizaciones cuando entorpecen el trafico de nuestras vidas, pero mientras estén allá, apartados en sus campos, alejados de nuestras vidas, no queremos saber nada. Eso sí, que no nos falten alimentos. Y que los tomates sepan a tomates.

Inversión inicial, productos, gasoil, seguros, maquinaria, mano de obra… son demasiados gastos para un funambulista que deambula por un finísimo hilo. Hilo que son los cada vez más enclenques precios. Funambulista que es el agricultor.

Me gustaría que cuando el sábado día 21 leyamos, oigamos o veamos las noticias sobre dicha manifestación, convocada por las tres grandes asociaciones del sector (UPA, COAG y ASAJA), la veamos con otros ojos y que bajo los adoquines no haya arena de playa sino tierra fértil que sembrar, cuyas semillas den frutos. Y lo más importante, que esos frutos tenga un precio adecuado. No más, ni menos, sino el que vale.

Pensarás que porqué se quejan, si los tomates salen carísimos. Y los espárragos… uf, ni te cuento. Y el pan sube porque sube el trigo, y si sube el pan, sube todo. No, no es así, el problema es la cantidad de intermediarios que hay para que el producto llegue del campo a tu casa (en realidad hay más problemas). El agricultor que estuvo hablando en la radio puso un ejemplo para ilustrar la situación, comentando y quejándose de que el precio, en La Mancha, de la uva es de 15 pesetas[*], unos 9 céntimos de euro el kilo, mientras que hace veinte años estaba a 25 e incluso 30 pesetas, ¡el doble hace veinte años! (15 y 18 céntimos de euro, respectivamente). Y éste es sólo uno de los tristemente múltiples ejemplos que hay. ([*] Por tradición, los precios de estos productos aun se comentan en pesetas entre muchos agricultores.)

Es ésta una convocatoria para los agricultores y para todos aquellos que pertenenzcan a sectores implicados. Espero que nos comprometamos un poco por la causa, pues creo que al alimentarnos con productos del campo estamos implicados, directa o indirectamente. No exigimos (me incluyo) nada fuera de lo decentemente común, tan sólo que los productos valgan lo correcto de esta sociedad, no de la sociedad de hace 20 años, y pedir soluciones de futuro.

Desde la misma radio, en ese mismo momento en que habló este agricultor y oyente, se prometió mayor cobertura informativa, aunque apenas unos días atrás, este pasado martes, de nuevo otro oyente y agricultor llamó para lanzar una misma queja. Desde esta emisora, este segundo oyente lanzó además el siguiente comentario, que me encantó y creo que todos deberíamos pensar: “Me pregunto si cualquier persona podría vivir actualmente con el sueldo de hace 20 ó 30 años.

P.D.: Os pido que os conciencieis (bonita palabra), al menos informándoos de qué ocurre.

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